Habitualmente se dice que el la comida de un lugar debe ser acompañada por un vino de la misma procedencia y normalmente esa recomendación funciona. Así un platillo de la región de Galicia en España será bien acompañado por un Rias Baixas elaborado con uva albariño y un platillo o una pasta estilo italiano se llevará de maravilla con un Chianti o un Montepulciano. Pero lo complicado es encontrar los maridajes entre comida y vinos de distintas regiones o incluso países, y más sí se trata de concepciones y de gustos muy distintos en el arte culinario.
Hoy precisamente, tuve el placer de probar un excelente vino de Bordeaux (superior, con guarda en barrica, embotellado en la propiedad y 2005) en compañía de mi familia y de una amiga de muchos años, con la finalidad de maridarlo con unos típicos romeritos de cuaresma -es evidente que no hubo ninguna penitencia a la hora de comer-. La sorpresa esperada no sucedió, el maridaje con los romeritos no fue tan bueno, pero si lo fue con el bacalao a la vizcaina que estaba acompañado de una ensalada de aguacate, jitomate, lechuga y camarones, mmmmh fue un placer en viernes santo, por lo que esta vez la abstinencia debió ser en la mente y no en el apetito.
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