El vino por si mismo resulta agradable y placentero para quien se permite disfrutarlo, pero qué tanto es recomendable beberlo solo o acompañado. La respuesta no se puede imponer, finalmente cada quien lo bebe como quiere y cuando quiere. Por sí sólo el vino se disfruta en su máxima expresión, se aprecia con detalle su equilibrio, su potencia o sutileza, su complejidad y armonía. Los aromas que desprende al oxigenarse, se perciben de inmediato y se detecta su evolución en boca. En suma, cuando bebemos una copa de vino sin acompañarlo con algo, se pueden percibir las cualidades del propio vino de manera clara para analizarlas y deleitarse con ellas.
Pero es sin duda con la comida, donde el vino se enfrenta a su mayor reto. Reto para el vino y para quien lo eligió con el fin de maridar y acompañar un platillo. Es ahí donde el vino no sólo demuestra su calidad sino su capacidad plena de hacerse uno con la comida, de complementarse y volverse (juntos) más complejos, más interesantes y mucho más placenteros. Un amigo y maestro en el tema del vino me decía que la mejor manera de beber vino es con la comida, y debo decir que al menos en mi caso, nunca he disfrutado tanto un vino como cuando estoy sentado a la mesa y lo intercalo entre una suculenta comida en compañía de quienes aprecio. El vino es una pasión, compartámosla juntos.
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